Odio los gimnasios.
Odio eso de ir a un lugar, lleno de desconocidos y que me vean transpirar, que me vean padecer el elíptico, que me vean odiar estar ahí. Odio más todo eso si en lugar de ser desconocidos son conocidos. Le agrega un plus de malestar.
¿Qué pensarán de mí? Esa chica que tengo en Instagram está desde antes que yo llegue, yo ya me quiero ir y ella va por la sentadilla número mil. Con razón tiene el culo que tiene y yo el culo que tengo. Por eso a ella le comentan las fotos los chicos y a mi sólo mis amigas. Uh, ahí está también el que me gusta, va a ver lo fea que soy entrenando y nunca vamos a ir a tomar una birra. Tendria que dejar de tomar alcohol. Leí en google que retiene las grasas que yo quiero perder. Estoy pagando una luca al pedo. 1/4 de mi sueldo se va a un lugar en donde no quiero estar.
Con cara de orto sigo entrenando. Se me ocurre hacerme un tatuaje. Elijo el brazo. Es la única parte del cuerpo que siempre tuve delgada, y espero que sea así siempre. Cuando me tatué la costilla mi ex me dijo que nunca engorde o me iba a quedar mal. Quiero que me chupe un huevo pero lo tengo en el inconsciente. Bueno espero que no le pase lo mismo al brazo. Sigo haciendo bici. El peor de los aparatos en mi opinión. Me hace sentir incómoda, me hace doler los pies. El manubrio está húmedo, que asco. Adelante mío, en una pantalla enorme pasan un video (¿motivacional?) De una chica siendo super sexy arriba de una bici.
¿Cómo se puede ser sexy, flaca, fuerte, tener tetas, culo y encima no transpirar? Que envidia. Otra vez.
Me doy cuenta que no estoy sola. Una bici me separa de una chica gordita, de unos 15 años. Ahora que me doy cuenta siempre está haciendo cardio. Le envidio la constancia. Yo a los 5 min me quiero bajar. Y pienso que quizás ella también envidia algo de mí, y a su vez ambas debemos /envidodiar/ a la chica de las mil sentadillas. Y me pongo a mirar a nuestro al rededor. Posters de cuerpos que no se parecen al mío, música ensordecedora. El instructor queriéndose levantar a alguna chica que no tenga la fuerza de levantar un disco de diez kilos. Y de repente empiezo a llorar. Llorar en un gimnasio. Llorar faltando 10 minutos para entrar al trabajo. Bajo las escaleras y me dirijo al baño. Odio los gimnasios, los odio. Pero ya pagué el mes, tengo que volver mañana. Espero que nadie me haya visto. O si me vieron espero que piensen que me descompuse no sé. Todo es mas entendible que llorar por lo que estoy llorando. Me seco las lágrimas, agarro mis cosas (Que obvio, son un montón) y me voy.
Odiaba los gimnasios pero no por sí solos. Odiaba la exigencia que tenía metida en la cabeza. La razón por la que entrenaba era ajena. Desconocía lo que era tener ganas de entrenar. Ahora las tengo. Quiero tener fuerza para hacer las posturas se yoga que más me gustan. Quiero que mis músculos tengan la capacidad de sostener mi cuerpo y así no lastimar mis huesos. Quiero sentirme poderosa. Quiero tener salud. Quiero tener energía. Quiero dejar de odiar. Porque un poquito de bronca les sigo teniendo a los gimnasios, no les voy a mentir. Pero de a poco, todo y todxs vamos cambiando.